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El humor en la terapia



El hombre de la cultura occidental, en sus diversas esferas (familiar, laboral, deportiva, social, etc.), se encuentra expuesto con cierta frecuencia a un estado de tensión fuerte, lo que puede implicar cambios psicofisilógicos importantes, tales como: aumento del gasto cardíaco, incremento del gasto sistólico del corazón y de la presión arterial, mayor irrigación de los músculos esqueléticos, disminución del flujo sanguíneo hacia la piel y aumento de la glucosa sanguínea. Todas estas modificaciones, parecen relacionarse con la liberación de adrenalina en la circulación general (Guyton, 1981). Evidentemente, cuando la tensión es crónica, producida por el mal humor y otras variables estresantes, el individuo puede experimentar riesgos de enfermedad. El sistema nervioso simpático es activado intensamente por diferentes estados emocionales que precisamente se originan casi de continuo en nuestras interrelacciones personales y laborales. En ese tipo de reacciones psicofisiológicas el hipotálamo es la clave, bien a través de los mecanismos hormonales o nerviosos (formación reticular y médula espinal). Sin embargo, la alarma simpática puede ser controlada utilizando los mecanismos psicológicos implícitos al buen humor.

El mismo sentido tiene ese mecanismo utilizado por el estudiante que acaba de suspender, por el jugador que acaba de fallar, el deportista que no alcanza el récord, el futbolista que falla un penalti en un partido de gran relevancia, el marido que se enfrenta a su mujer, el político que se enfrenta a sus votantes, etc. Con esta conducta intelectual se bloquea la reacción de tensión que sigue las vías del sistema nervioso autónomo; tal inhibición ocurre en el córtex cerebral, en el hipotálamo y en la hipófisis.
En este sentido, Hans Selye (1978), el padre de la investigación acerca del estrés, afirmó que era factible convertir una tensión negativa en una experiencia positiva, y es precisamente en este punto donde encuentra pleno significado el sentido del humor. Actúa como un auténtico bálsamo curativo que ablanda y templa las reacciones psicofisiológicas del estrés y que pueden conducir a la enfermedad (coronariopatía, úlcera péptica, problemas en el sistema inmunitario, enfermedad de Crohn, etc.).
Recientemente, numerosos autores estiman que el sentido del humor es realmente indispensable para el bienestar humano, pudiendo tratarse de un auténtico mecanismo de supervivencia que ayuda a solventar los problemas de la vida. Las implicaciones del humor alcanzan además de las clásicas reacciones neuroendocrinas, a la betaendorfina, un polipéptido producido por la hipófisis. Precisamente la risa que diluye la ira y el enojo puede prevenir algunos ataques cardíacos; incluso, algunos investigadores, aseguran que el sentido del humor puede reducir el riesgo de
contraer la enfermedad del cáncer. Igualmente, puede desempeñar un papel eficaz en el tratamiento de los problemas emocionales.
El arte de la risa está relacionado con la capacidad para aceptar y apreciar las incongruencias y dificultades de la vida; al reírse uno de sí mismo, se puede acortar la distancia que nos separa de algunos problemas y, por lo tanto, verlos desde una nueva perspectiva que nos permite analizar con más profundidad el problema y encontrar la solución más idónea. En este sentido, algunos pacientes gravemente enfermos utilizan profusamente el método de la risa, carcajeándose con cierta frecuencia y ello parece dar unos buenos resultados en el paciente neurológico. En efecto, recientes hallazgos confirman que la risa es un buen ejercicio: activa los músculos, aumenta la frecuencia cardíaca, amplifica la respiración e incremente el intercambio de oxígeno. En las personas serias, tristes, desgraciadas,…, el ejercicio de la risa, bien individualmente o en grupo, constituye un ejercicio muy deseable para producir un estado anímico sensiblemente distinto
al originado por el mal humor, por el trastorno mental o por la enfermedad física.
A este respecto, Goodman (1982) ha elaborado diversas estrategias para ayudar a la gente con problemas psíquicos a desarrollar actitudes y capacidades humorísticas. Así, por ejemplo, en los momentos más tensos del día, este autor aconseja hacer una pausa de diez minutos dedicada a la meditación agradable; durante este período de tiempo, el sujeto se abstrae de sus problemas familiares, laborales, económicos, etc., para centrarse, disfrutar y reirse plenamente con un simple tebeo, un vídeo, casetes,…Con este tipo de ejercicios, muy adecuados en pacientes con depresiones, neurosis obsesiva, neurosis de angustia y con otras enfermedades graves, se cambia drásticamente la actitud del paciente frente a su medio y a su propia enfermedad. Una segunda estrategia, también de duración aproximada a diez minutos, consiste en observar el conjunto de actividades que previamente parecían tan serias y catastróficas en el trabajo; ahora sin embargo, el individuo es capaz de reírse de las múltiples «tonterías» que se dicen y/o se hacen en el trabajo o en la familia, y que precisamente son causa de mucha tensión y estrés.
Evidentemente, las emociones subsecuentes al mal humor son producto de las evaluaciones que efectúa el sujeto en el medio interno y externo; así, por ejemplo, las emociones de rabia, de ira o de cólera pueden ser inducidas fácilmente como consecuencia de una cierta activación fisiológica (temblores de manos, taquicardia, aumento de la respiración, etc.). Schachter (1962) sugiere que se puede llegar a la ansiedad, por ejemplo, diciéndose algunas cosas a sí mismo; una persona necesita atribuir su activación fisiológica a la emoción de miedo y necesita interpretar algo de su ambiente
como un peligro relacionado con ello.
La interpretación puede deberse a la visión de algo que parece amenazador o dándose cuenta de que otra persona está asustada y creyendo que debe existir un buen motivo de alarma (Mckay y cols. 1987). De acuerdo con estos autores, la emoción y el mal humor dependen del pensamiento. La influencia de los «otros» parece muy intensa a la hora de provocar estados de mal humor; así, por ejemplo, Berkowite y Turner (1974) demostraron que se podían inducir conductas de
cólera solamente con decirle al sujeto que estaba colérico; es decir, el sentimiento de cólera dependía completamente de la creencia de que la emoción estaba presente. Para el sujeto apresado por el mal humor, cualquier estímulo ambiental (determinadas compras en su familia) da paso a pensamientos negativos («esto no tiene salida», «gastan demasiado», «no saben administrar », etc.), lo que conlleva una activación fisiológica (acaloramiento súbito, transpiración, aumento del ritmo cardíaco, etc.), traduciéndose finalmente en un estado de ansiedad y de «mal humor».
Beck y Ellis (1985) sugieren que las reacciones emocionales son el resultado de la forma en que se estructura la realidad. Cuando una persona está de mal humor puede ser que esté interpretando todos los sucesos como peligrosos; así, por ejemplo, piensa que no va a sacar nada en los estudios, que su actividad laboral carece de atractivo, que es inútil en su especialidad, que su familia no le apoya ni le entiende, que es una persona desgraciada y desilusionada, etc.
Según Beck y Ellis (1985), el dolor emocional crónico puede considerarse como el subproducto de un sesgo sistemático de la visión del mundo. Para el sujeto depresivo, por ejemplo, cua quier suceso es una oportunidad para percibirse a sí mismo falto de algo. La persona ansiosa tiende a ver cualquier inocente suceso como amenazador; estas amenazas hacen estallar las respuestas de alarma («combate o huida») que él denomina ansiedad, lo que de mantenerse de forma crónica
puede dar lugar en última instancia a problemas de úlcera gástrica, hipertensión y otros síntomas fisiológicos.
En el mal humor se establece un circuito de retroalimentación negativo entre la mente y el cuerpo; cada uno de ellos influye y reacciona ante el otro con un patrón intensificador de activación. Así, por ejemplo, cuando el cuerpo se encuentra tenso, producto del mal humor, el sujeto piensa: «me estoy poniendo ansioso y de muy mal humor»; entonces el cuerpo reacciona a este sentimiento con una activación psicofisiológica aún mayor, observando un incremento en el ritmo cardíaco y en la transpiración y , por lo tanto, el individuo piensa: «voy a estallar y explotar; no quiero ver a nadie delante», etc.
Insistimos, finalmente, en la eficacia terapéutica del «buen humor» y del «sentido del humor» para combatir miedos crónicos, reacciones de ansiedad interpersonal, vivencias de angustia, situaciones amenazadoras y cualquier tipo de estrés capaz de inducir trastornos psicofisiológicos.

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